ROSARIO ESPINAL

VENTANAS EN EL ESPACIO

Nuestra izquierda: no es falsa, no existe septiembre 15, 2010

Filed under: Artículos periodísticos de los miércoles — rosarioespinal @ 11:26 am

Rosario Espinal

Artículo publicado en el periódico HOY el miércoles 15 de septiembre de 2010

 Abordar el tema de la izquierda en la República Dominicana debe ser un objetivo importante del análisis político. Las quejas abundan sobre la situación del país y el descontento aumenta, pero en cada coyuntura histórica que se presenta para reorganizar la estructura del poder político predominan las fuerzas de derecha.

 El último caso ha sido el PLD: provino de la crítica social del boschismo y se ha convertido en artífice del conservadurismo.

 En su artículo del pasado viernes 10 de septiembre en el periódico HOY, titulado, “Nuestra falsa izquierda”, Eduardo Jorge Prats ofrece dos explicaciones de la ausencia de una fuerza de izquierda en el país. La primera es el autoritarismo que la izquierda comparte con la derecha. La segunda es la escasa participación de la izquierda en los grandes debates nacionales. Un ejemplo, según Jorge Prats, fue el proceso de reforma constitucional, donde, fuera del reclamo por una Asamblea Constituyente y la lucha contra el Artículo 30, la izquierda no participó.

 En honor a nuestras esporádicas y cordiales polémicas periodísticas, y por la relevancia del tema, planteo aquí algunas críticas a los argumentos de Jorge Prats.

 En primer lugar, el problema de la izquierda dominicana no es que sea falsa, es que no existe. Hay algunos grupos políticos minúsculos que se denominan de izquierda, hay personas del mundo público que se consideran de izquierda, y hay deseos de la población que se corresponderían con un proyecto de izquierda. Pero para que exista la izquierda como movimiento político importante se necesitan dos condiciones básicas que no existen en la República Dominicana: un pensamiento político identificable que sustente un proyecto de izquierda en la teoría y en la práctica, y líderes y organizaciones con capacidad de convocatoria amplia.

 En segundo lugar, utilizar la reforma constitucional como referencia para evaluar la izquierda no es adecuado porque el proceso de reforma fue moldeado y condicionado por el Poder Ejecutivo, incluida la propia consulta popular. Aún así, muchas organizaciones de la sociedad civil participaron en las convocatorias.

 Al final, como era predecible, el presidente Leonel Fernández selló el proyecto de reforma en función de su interés primordial: establecer un sistema de reelección que le permita postularse nuevamente. En los puntos conflictivos como el Artículo 30, se impuso la derecha.

 ¿Por qué no hay izquierda en la República Dominicana? Para responder esta pregunta retomo aquí algunos planteamientos que hice en un artículo publicado en el periódico HOY el 23 de julio de 2008.

 1. Durante los 12 años de Balaguer (1966-1978), la izquierda más radical fue diezmada.

 2. Después de la transición de 1978, a pesar de sus orígenes progresistas, el PRD y el PLD se derechizaron.

 3. La izquierda marxista dominicana se ha caracterizado por el dogmatismo, el personalismo, y la fragmentación organizativa que impidieron la conformación de un movimiento socialista de gran alcance.

 4. Pequeños grupos auto-denominados de izquierda se han integrado al sistema clientelar, como ilustra la coalición gobernante del llamado “Bloque Progresista”.

 5. Para forjar un  movimiento de izquierda fuerte se necesita que un amplio segmento de la población lo asuma como proyecto político alternativo. En República Dominicana no hay base social para eso porque entre los pobres hay muchos haitianos sin derecho a la participación política, y amplios segmentos de las capas media han emigrado o viven de las remesas.

 Por todas estas razones, el desencanto con los gobiernos y los partidos del sistema no ha llevado al surgimiento de una alternativa fuerte de izquierda que reivindique los derechos sociales del pueblo dominicano.

Enlace al periódico HOY: http://www.hoy.com.do/opiniones/2010/9/14/341971/Nuestra-izquierda-no-es-falsa-no-existe

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4 Responses to “Nuestra izquierda: no es falsa, no existe”

  1. P. Martín Luzón, msc. Says:

    Buen día, Rosario!
    Accedí a ti por medio de una amiga. Salúdame a Darío, tu hermano.

    Me gustan tus análisis.
    “Nuestra Izquierda: no es falsa, no existe” también me ha gustado.

    Todavía sufro por la frustración causada en mí por esa “fragmentación de intereses”. Aún aguardo la esperanza de un grupo sociopolítico que, como decimos los campesinos, “no varíe”, apegado a la VERDAD; grupo VERDADERAMENTE con el pueblo, por el pueblo y para este pueblo burlado y burlado y burlado!!!

    Te envío este artículo del teólogo Hans Küng porque, si conformáramos ese grupo de izquierda, que “no varíe”, que no mienta, apegado a la VERDAD DE VIDA DIGNA para este pueblo nuestro, sería este grupo la verdadera fuerza de choque contra tanta farsa politico-partidista y una fuerza de futuro para este presente de un pueblo acorralado!

    ¿Te atreverías a escribir algunos artículos sobre la mentira de nuestros politicos partidistas?

    15.05.08 – MUNDO
    ¿Está justificada la mentira en política?

    Hans Küng *

    Adital –
    Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
    Enviada por INESTCO
    Instituto de Estudios Sociopolíticos Colombia Plural

    Una pregunta ética fundamental para el sucesor del presidente estadounidense George W. Bush es ésta: ¿Debe mentir un presidente? ¿Hay alguna circunstancia en la que la mentira esté justificada?
    Los políticos y el Estado no deben tener reglas morales distintas a las de la ciudadanía
    Por supuesto que existen políticos y estadistas honrados
    El ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger no tiene problemas para justificar las mentiras. Kissinger opina que el Estado -y, por consiguiente, el estadista- tiene una moral diferente a la del ciudadano corriente. Lo demostró en la práctica durante sus años en el Gobierno de Nixon y luego defendió esta opinión en su libro de 1994, Diplomacy, en el que menciona a figuras históricas que admira: entre otros, Richelieu, Metternich, Bismarck y Theodore Roosevelt.
    Cuando le dije en una ocasión que esa visión del ejercicio del poder político me parecía inaceptable, él replicó, no sin ironía, que el teólogo ve las cosas “desde arriba” y el estadista “desde abajo”.
    Le hice esa misma pregunta sobre la mentira y la moral política a un buen amigo de los dos, el ex canciller de Alemania Federal Helmut Schmidt, cuando pronunció una conferencia sobre ética mundial en la universidad de Tubinga en 2007: “Henry Kissinger dice que el Estado posee una moral distinta de la del individuo, la vieja tradición desde Maquiavelo. ¿Es verdad que el político que se ocupa de asuntos exteriores debe atenerse a una moral especial?”.
    Schmidt me respondió: “Estoy firmemente convencido de que no existe una moral distinta para el político, ni siquiera el político que se ocupa de asuntos exteriores. Muchos políticos de la Europa del siglo XIX creían lo contrario. Quizá Henry sigue viviendo en el siglo XIX, no sé. Tampoco sé si hoy seguiría defendiendo ese punto de vista”.
    Por lo visto, sí. Al recomendar, hace poco, más participación militar en las guerras de Irak y Afganistán, Kissinger ha demostrado que sigue siendo un político que piensa desde el punto de vista del poder y en la tradición de Maquiavelo. Aunque por otro lado, ha dicho que está en favor del desarme nuclear total. ¿Es una contradicción o un signo de la sabiduría que da la edad?
    En las reuniones del Consejo Interacción de ex jefes de Estado y de Gobierno, del que soy asesor académico, se discuten problemas de ética. Recuerdo que en 1997 no hubo ninguna cuestión relacionada con la Declaración Universal de las Responsabilidades Humanas del consejo que se debatiera con tanta intensidad como la de “¿No mentir?”. El artículo 12 de la declaración trata sobre la veracidad, y dice: “Nadie, por importante o poderoso que sea, debe mentir”. Sin embargo, inmediatamente sigue una puntualización: “El derecho a la intimidad y a la confidencialidad personal y profesional debe ser respetado. Nadie está obligado a decir toda la verdad constantemente a todo el mundo”. Es decir, por mucho que amemos la verdad, no debemos ser fanáticos de la verdad.
    Pero no exageremos. Los políticos también son seres humanos, e incluso una persona veraz puede mentir cuando se encuentra en una situación difícil. No hablo de las mentiras que se cuentan por diversión ni de las mentiras piadosas, sino de las mentiras deliberadas. Una mentira es una afirmación que no coincide con la opinión de la persona que la hace y que pretende engañar a otros en beneficio personal. O como dicen los Diez Mandamientos en Éxodo 20:16: “No darás falso testimonio contra tu vecino”.
    Una vez, el ex ministro de Asuntos Exteriores de un país del Sureste Asiático me contó, con una sonrisa, que en su ministerio corría esta definición de embajador: “Un hombre al que se envía al extranjero para que mienta”. Pero hoy ya no puede construirse ninguna diplomacia eficaz a partir de esa idea. En la época de Metternich y Talleyrand, dos diplomáticos podían decirse mentiras a la cara. Pero hoy, en la diplomacia secreta, es necesaria la franqueza, por más que se emplee todo tipo de tácticas astutas en la negociación.
    El juego sucio y los engaños no salen rentables a largo plazo. ¿Por qué? Porque minan la confianza. Y, sin confianza, la política constructora de futuro es imposible.
    Por consiguiente, la primera virtud diplomática es el amor a la verdad, según dice el diplomático británico sir Harold Nicolson en su clásica obra de 1939, Diplomacy, que, por cierto, Kissinger menciona a regañadientes en su libro, en la página del copyright, pero luego no vuelve a citar en ninguna parte.
    Eso significa que algunos estadistas como Thomas Jefferson tenían razón: no existe más que una sola ética sin divisiones. Ni siquiera los políticos y hombres de Estado tienen derecho a una moral especial. Los Estados deben regirse por los mismos criterios éticos que los individuos. Los fines políticos no justifican medios inmorales.
    O sea, la veracidad, que está reconocida desde la Ilustración como condición previa fundamental para la sociedad humana, no sólo es un requisito para los ciudadanos individuales sino también para los políticos; especialmente para los políticos.
    ¿Por qué? Porque los políticos tienen una responsabilidad especial respecto al bien común y además disfrutan de una serie de privilegios considerables. Es comprensible que, si mienten en público y faltan a su palabra (sobre todo, después de unas elecciones), luego se les eche en cara y, en las democracias, tengan que pagar el precio, en pérdida de confianza, pérdida de votos en las elecciones e incluso pérdida de su cargo.
    Las mentiras personales, como las que contó el ex presidente estadounidense Bill Clinton durante el caso de Monica Lewinsky, son malas. Pero lo peor es la falsedad, que afecta al fondo de las personas y sus actitudes esenciales (como puede verse en la actitud del presidente George W. Bush durante los cinco años de la guerra de Irak). Y lo peor de todo es la mendacidad, que puede impregnar vidas enteras. Según Martín Lutero, una mentira necesita otras siete para poder parecerse a la verdad o tener aspecto de verdad.
    Ahora bien, por supuesto que también existen políticos y estadistas honrados. Yo conozco a unos cuantos. Además de la virtud de la sinceridad, tienen que practicar la sagacidad. Sobre todo, deben ser perspicaces, inteligentes y perceptivos, estrategas hábiles e ingeniosos y, si es necesario, astutos y ladinos, pero no maliciosos, intrigantes ni canallas.
    Deben saber cuándo, dónde y cómo hablar… o callarse. No todos los circunloquios y exageraciones son mentiras en sí mismos. No hay duda de que, en determinadas situaciones, puede haber conflictos de responsabilidades en los que los políticos deben decidir de acuerdo con su propia conciencia.
    “Muchas veces era difícil: no podíamos decir toda la verdad y, con frecuencia, debíamos ocultarla o permanecer callados”, me dijo el ex presidente estadounidense Jimmy Carter tras una sesión del Consejo Interacción. Y me impresionó profundamente cuando añadió: “Pero, durante mi mandato, en la Casa Blanca no mentimos nunca”.
    [Hans Kung es catedrático emérito de Teología Ecuménica en la Universidad de Tubinga (Alemania) y presidente de la Global Ethic Foundation (www.global-ethic.org)].

    * Teólogo e presidente da Fundação Ética Global

    • Estimado Padre Martín, gracias por su comentario y por el saludo. También le agradezco el envío del interesante artículo de Hans Kung. Pienso que la ética del político debe ser igual a la ética aplicada a los demás, y si fuera diferente, debería ser más estricta por dos razones: 1) las decisiones y acciones de los políticos tienen consecuencias para muchas personas, y 2) los políticos manejan recursos del pueblo. En algún momento escribiré sobre el tema. Un saludo y gracias por leer mis artículos.

  2. Ernesto Féliz Says:

    ¡¡Excelente artículo!! Me gustaría saber su opinión sobre por qué, además de los tres partidos mayoritarios (ya casi dos), en RD no hay movimientos “con capacidad de convocatoria amplia”. Me parece que es un tema relacionado con la falta de movimientos alternativos. El problema es que la gente está, al mismo tiempo, desencantada de la política pero al mismo tiempo hay mucho voto duro. Esa es mi impresión, al menos.

    • Ernesto, habría que tomar en cuenta varias razones para explicar por qué no hay movimientos alternativos con capacidad de convocatoria amplia en R.D. Aquí te menciono dos. 1) La relativa fortaleza y estabilidad del sistema de partidos. R.D. registra uno de los niveles más altos de simpatía con los partidos del sistema en América Latina. A mayor vinculación del electorado con los partidos del sistema mayor dificultad para el surgimiento de movimientos políticos alternativos. El otro es que generalmente los movimientos alternativos surgen de la izquierda, y en R.D. la izquierda ha sido muy débil por las razones que indiqué en el artículo. Un saludo.


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